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  • Foto del escritorAna González Vañek

GILDA. LA SALVACIÓN DE UN CORAZÓN

"Yo no muero, entro en la vida"

Santa Teresita de Lisieux


"Donde estás tú, hay sensación de celestial pureza. Se enciende esa luz azul que ilumina tu belleza. Tienes atracción de verdadero imán humano. Dichosos los que corren con el simple deseo de acariciar tu mano." Esto fue lo que leí la última vez que abrí su biografía al azar, lo cual suelo hacer con ciertos libros, y más aún con aquellos cuyo contenido se ha convertido para mí en fuente de inspiración. Su autor (Alejandro Margulis) me regaló "Gilda, la abanderada de la bailanta", después de leer un artículo mío sobre una obra teatral inspirada en su vida.



¿Qué sucedería si supiéramos que la vida es eterna? ¿Cómo sería la experiencia de perder a nuestros seres amados si supiéramos que no se van jamás de nuestro lado? No me refiero al saber que brota del conocimiento intelectual, sino al verdadero: el que nos brinda la experiencia. Para saber es necesario estar dispuestos a aprender, y para esto, es de vital importancia tener el valor de abrirnos a la vulnerable inocencia que nos habita. También me gusta mucho la palabra "coraje" ya que, en su origen etimológico, hace referencia al poder de nuestro sagrado corazón.

He atravesado ciertas experiencias que significaron un antes y un después en mi comprensión de la vida y de la muerte. En este sentido, diversas situaciones y personas confluyeron para que hoy, a 62 años del nacimiento de Gilda en el mundo físico, escribiera este artículo. Un poco por recomendación y otro poco por necesidad personal, he tomado la decisión de compartir -en distintos espacios y cuando la situación así lo amerite-, cada una de estas vivencias, muy especialmente aquellas que contienen, en su milagrosa manifestación, mensajes celestiales, pedidos de cocreación y la voz de una esperanza.

La música de Gilda sonaba en todas partes cuando era adolescente y de esta manera, marcó una hermosa e inolvidable etapa de mi vida. Pero no es éste el motivo por el cual he comprendido que su bella alma iluminaría en gran medida el sendero de mi propósito.

Corría el año 2012. Era una tarde de primavera y caminaba hacia el estudio de danza para dar un taller. De pronto escuché su canción "No es mi despedida" que asomaba intensamente desde un auto que pasó a mi lado. La frase que recuerdo, nítida y clara entre los cantos de los pájaros, la suave brisa teñida de sol y el silencio de una calle desolada, fue "...no es mi despedida, una pausa en nuestra vida, un silencio entre tú y yo...". El auto avanzó velozmente y mientras continuaba mi camino pensé que hacía mucho tiempo no escuchaba esa canción.


Quizás, esta anécdota no hubiera sido tan relevante si no fuera por lo que sucedió pocos metros después. Al llegar a la esquina, mientras esperaba para cruzar la calle, miré hacia mi izquierda y vi que el auto estacionado a mi lado llevaba un sticker bastante grande en la ventanilla de atrás en el lado derecho. Sus colores eran blanco y negro, y tenía la imagen de una cámara fotográfica. Abajo decía: "No me olvides". Recordé que esa frase era parte de la misma canción que había escuchado pocos minutos antes y no pude evitar expresar en voz alta: no lo puedo creer.


Es que realmente no podía creerlo. En aquel entonces comenzaba a formarme como reikista. Quienes se han iniciado en este sendero, saben que reiki (energía vital universal) es la puerta de entrada a un maravillosa conexión con el mundo espiritual y, en este sentido, la apertura hacia un camino pleno de sincronías, magia y misticismo. Cada una de estas experiencias me sorprendía de tal manera que potenciaba, en mi deslumbramiento, el desarrollo de una mirada ingenua, pura, cristalina, que mantengo hasta el día de hoy. Es que si bien ya nada de esto me sorprende, no dejan de ser vivencias plenas de sentido y significado que hoy percibo en su verdadera dimensión con certeza absoluta.


Y como las coincidencias no existen, no fue casual que poco tiempo después de recordar que no debía olvidarla, fuera invitada a presenciar una obra (con autoría de Florencia Berthold) inspirada en su vida. Escribí un artículo sobre aquella pieza teatral que me pareció sublime y recibí hermosos comentarios, de sus fans, de los artistas y del autor de su biografía, quien se comunicó conmigo para regalarme su libro.

Pero aquí no terminarían las sincronías cuyos mensajes he decodificado muy recientemente.


Aquel día fuimos con Alejandro a un bar sobre la avenida Corrientes. En un momento le dije de cambiarnos de mesa porque estábamos lejos del ventanal y era un hermoso día para estar tan lejos del sol. Volvimos adelante y desde este nuevo lugar, iluminado por un sol radiante, pude observar que en el televisor del bar, justo arriba mío, la periodista entrevistaba a una mujer llamada Myriam. Recordé que era ése el nombre verdadero de Gilda. Mientras bajaba la vista observé que en la pared frente a mí, atrás de él, había una placa con el nombre del bar y sobre ésta, una corona de flores con los mismos colores que apreciaría instantes después en la portada del libro que tenía entre mis manos.



Todo esto me conmovió inmensamente y jamás lo olvidé. Pasó el tiempo y con ello, muchas cosas significativas.


En el año 2021, una persona muy especial para mí dejó el mundo físico para convertirse en el ángel que siempre había sido. Su nombre es Luis (Biasotto). El día anterior a enterarme de esta triste noticia, había escuchado algunas canciones de Gilda y una extraña idea había llegado sutilmente a mí: bailar en un cementerio. Recordé que nuestra inolvidable Isadora Duncan, musa de la danza libre y fuente de inspiración de todo mi trabajo, lo había hecho, y no entendía bien por qué pensaba tanto en esto.


Al día siguiente comprendí.

La semana anterior había realizado una entrevista a una especialista en mediumnidad (de alguna manera esto me sigue conmoviendo y es por eso que siempre lo menciono) porque intuía que era necesario hablar sobre estos temas en el mundo de la danza. Le había enviado esta nota a Luis y me extrañaba no recibir su respuesta ya que solía hacerlo enseguida, además de que las significaciones vinculadas a la muerte le interesaban particularmente y habíamos conversado mucho al respecto. Pero en el mundo de las almas el tiempo no existe y entonces lo supe: ya me había respondido.


Confirmé que no sólo no podía ignorar estos mensajes, cada vez más claros para mí, sino que conformaban un llamado a mi participación activa en una misión trascendente, muy especialmente porque cada uno de ellos nutría -y nutriría aún más profundamente- mi tarea comunicacional para mostrarme (y así, mostrarnos) que el mundo espiritual está más cerca nuestro de lo que creemos. Quizás, tan sólo se trate de aprender a ver, escuchar y percibir a través de los velos que separan ambos mundos, que no dejan de ser uno cuando las almas se reconocen y reencuentran.



Y las revelaciones continuaron. Hace pocos días encontré este papel en la calle. Por cierto, pensé en Luis, pero también en Gilda, porque mientras volvía a mi casa recordé que Villa Paranacito es la ciudad donde se encuentra su santuario, a pocos metros del lugar donde sucedió el accidente.

Si hoy escribo estas líneas, es gracias a las personas que desde hace años me piden que comparta mis experiencias espirituales, así como también a la decisión que he tomado de reivindicar, en mis trabajos y proyectos, la dimensión más valiosa del ser humano. No sólo es parte de nuestra tarea comprender el para qué de nuestro paso por esta vida, sino acceder al conocimiento de todo aquello que, por distintos motivos que no abordaré en este artículo, se ha mantenido oculto y alejado de nuestro alcance.

Hace pocos días, mientras elongaba en el parque, llegó un grupo de adolescentes con un parlante. Lo colocaron sobre una mesa a mi lado, junto con el mate y varios paquetes de galletitas. Gilda se hizo presente nuevamente a través de su música que comenzó a sonar con la canción: "Se me ha perdido un corazón". No pude evitar cantarla mientras elongaba y pensé: hermosa alma, gracias por comunicarte conmigo, me encantaría saber qué es lo que me querés decir.


Al dejar el parque, una señora pasó a mi lado hablando por celular: "Hola Ana, me quedó algo pendiente..." Por un instante dudé, pero lo dijo muy claro. Sí, pronunció mi nombre. Eso fue todo lo que pude escuchar, y gracias a mis pensamientos abstractos que vuelan para hilarse y asociarse antes de que pueda reflexionar al respecto, recibí claramente el mensaje, que me recordó también la misión de Santa Teresita de Lisieux, de quien soy devota: "Hay que salvar a las almas". En su libro Historia de un alma, Santa Teresita expresó que era fundamental dar a conocer el reino de los cielos a quienes aún no han comprendido que el mismo siempre estuvo aquí, y sufría inmensamente cuando "perdía un alma", es decir, cuando no podía salvar a un ser humano de su falta de fe, que según ella, es la única manera de morir.


La palabra pérdida resonó en mí para mostrarme que no se pierde jamás a quienes se van del mundo físico, sino a quienes estando aquí, y teniendo aún el tiempo de su encarnación para hacerlo, no abren sus corazones al amor verdadero, que es el amor espiritual. Si supiéramos que estamos cocreando con un propósito que nos trasciende infinitamente, cada paso que damos nos acercaría a la verdad sagrada que esencialmente somos todos los seres sin distinción, para reflejarnos en ella. Hoy más que nunca, es necesario que quienes experimentamos este sentir en cuerpo y en alma, iluminemos los senderos más profundos del corazón, con certeza y confianza.


Hoy estuve en el cementerio de Chacarita y me encontré con un hermoso grupo de personas que había ido a celebrar el cumpleaños de Gilda. Sonaba su música mientras hombres y mujeres cantaban con alegría, bailaban y besaban sus fotografías. Me conmovió profundamente que me pidieran a mí, sin conocerme, que sostuviera la hermosa torta en forma de corazón hecha por uno de sus fans mientras le cantaban el feliz cumpleaños, y que yo soplara las velitas en su lugar. Aún no encuentro las palabras para describir esta reciente experiencia colmada de sensibles revelaciones.


Por ahora, este escrito es mi pequeño homenaje a una mujer llena de amor y sabiduría que no puede hacer más que estar cerca de quienes también la aman, y me siento bendecida por haber sido llamada a ser parte de este puente luminoso, tan pleno de sólida y radiante belleza, porque se construye paso a paso y un poquito más allá de las ilusiones temporales, para mostrarnos que la esperanza habitará eternamente, entre el cielo y la tierra.




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